Naturaleza
Kilómetros de acantilados, valles verdes que bajan hasta el mar y montañas que se ven desde la playa: así respira Cantabria.
Una costa que el Cantábrico no ha dejado de esculpir
Cantabria tiene algo más de 200 km de costa, y casi ninguno se repite: hay playas amplias y arenosas, calas diminutas que solo aparecen con la marea baja, y tramos enteros donde la piedra caliza se ha ido plegando y partiendo hasta crear paisajes casi lunares. La Costa Quebrada, entre Santander y Liencres, es probablemente el ejemplo más fotografiado: acantilados estratificados, arcos de roca y plataformas que el mar sigue trabajando cada día.
Buena parte de este litoral está protegido, y se nota: los pueblos costeros conviven con marismas, dunas y bosques de ribera sin que unos hayan devorado a los otros. Recorrerlo en coche, parando en cada mirador, es de las mejores formas de entender por qué Cantabria se llama a sí misma «tierra de mar y montaña».
Faros y miradores sobre el vacío
En varios puntos del litoral, la tierra simplemente se corta y cae al mar, y ahí es donde suelen aparecer los faros. El de Cabo Mayor, en Santander, o el de Ajo, más al este, están construidos casi al borde del acantilado, con el Cantábrico golpeando decenas de metros más abajo. Son lugares pensados para durar, no para el turista, y aun así se han convertido en algunos de los miradores más impresionantes de la región.
No hace falta ser senderista para llegar a la mayoría: muchos tienen aparcamiento cerca y un paseo corto hasta el borde. Lo que sí conviene es ir con tiempo y sin prisa, porque el Cantábrico cambia de humor rápido, y la misma vista puede pasar de azul turquesa a gris plomizo en media hora.
Valles verdes que bajan hasta el agua
Basta con alejarse unos minutos de la costa para entrar en otra Cantabria: la de los valles pasiegos, las praderas donde pasta el ganado y los caseríos dispersos que llevan siglos ahí. Es un paisaje de un verde casi permanente, gracias a un clima húmedo y templado que en la costa se llama «sol de rachas» y en el interior simplemente se acepta como parte del paisaje.
Muchos de estos valles terminan en una ría, donde el agua dulce y la salada se mezclan y el paisaje cambia otra vez: praderas que se convierten en marisma, y colinas que se reflejan en un agua casi siempre en calma. Es uno de los contrastes más característicos de la región, y también uno de los que más cuesta transmitir en fotos si no se ha estado ahí.
Donde el mar y la montaña se ven a la vez
Pocos sitios en España permiten ver el mar y una cordillera nevada en el mismo golpe de vista, y Cantabria es uno de ellos. Desde varios puntos de la costa occidental, especialmente cerca de San Vicente de la Barquera y Oyambre, los Picos de Europa aparecen al fondo, recortados sobre el Cantábrico, sobre todo en los días claros de invierno y principios de primavera.
Esa combinación de «mar y montaña» no es solo un eslogan turístico: condiciona el clima, la vegetación e incluso la forma en que se vive aquí, con pueblos que en un mismo día pueden ver niebla marina por la mañana y nieve en las cumbres por la tarde.
Ríos, bosques y viejos molinos
El interior de Cantabria está cruzado por ríos como el Pas, el Nansa, el Saja o el Asón, que bajan de la montaña hacia el mar atravesando bosques de robles, hayas y castaños. A lo largo de sus orillas todavía se conservan molinos, ferrerías y pequeñas fábricas del siglo pasado, hoy medio abandonados, que hablan de una relación muy antigua entre estos ríos y la gente que vivía de ellos.
Son también el hábitat de una fauna discreta pero abundante: truchas, nutrias, martines pescadores, y en las zonas más altas, corzos y rebecos. Pasear junto a uno de estos ríos, especialmente en primavera, es una manera tranquila de ver una Cantabria mucho más silenciosa que la de la costa.
Rías con marea, barcas y pájaros
En la desembocadura de casi cada río cántabro hay una ría, y en casi cada ría hay barcas varadas en el barro esperando a que suba la marea. San Vicente de la Barquera, con su castillo y su puente medieval, es probablemente la imagen más conocida, pero hay marismas igual de valiosas en Santoña, Ajo o Tina Menor.
Estos humedales son parada obligada para decenas de especies de aves migratorias que cruzan entre Europa y África, lo que convierte a Cantabria en un punto de referencia para la observación de aves en el norte de España. También son, sencillamente, uno de los paisajes más tranquilos de la región: agua, barro, hierba y silencio, con el sonido de fondo de las gaviotas.
Esto es solo una parte de lo que hay. Cantabria cabe entera en un fin de semana largo, pero cuesta agotarla: cada valle, cada tramo de costa y cada época del año cambian por completo lo que se puede ver.